
Todos los golfistas en alguna ocasión nos hemos encomendado a lo más alto a cambio de meter la bola en el agujero, ponerla en el lugar deseado o evitar un maldito obstáculo. También por ganarle al típico amigo que siempre nos machaca, que la carne es débil y la paciencia de cada uno es limitada, salvo la del Santo Job. Los hay que se han atrevido a vender su alma al diablo y eso no es que guste mucho por “ahí arriba”, así que a alguien se le ha ocurrido vender las bolas de golf del Papa Benedicto, las cuales nos salvarán a los golfistas descarriados ante cualquier tentación.
Reconozcámoslo, sea cual sea nuestra cantidad de fe y divinad interior, es muy fácil encontrar situaciones en las que el mismísimo Satán pilota la bola o mueve el palo de golf, aprovechando el maligno cualquier momento para tentar a los más santos jugadores quienes, palo en mano, se transforman y son capaces de blasfemar lo más bestia que se os pueda ocurrir o desear lo peor a la bola del contrario. Como todo el mundo sabe, esto va radicalmente en contra de los Mandamientos del Golf (amarás la bola del prójimo como a la tuya misma, Nuevo Reglamento del año II antes de Severiano).








