
Ya ha sucedido otras veces. Un torneo se disputa a una velocidad determinada, los pares llegan a un ritmo constante y el resultado final parece poder adivinarse a la legua. Entonces aparece un jugador y acelera el ritmo, dejando a sus rivales atrás sin capacidad de respuesta. Rory McIlroy comenzó muy fuerte el UBS Honk Kong Open, con 64 golpes (seis bajo par), mantuvo las distancias el viernes con un 69 y el sábado pisó el freno (70). Mientras el torneo parecía templarse en su última jornada volvió a liberarse y firmó una tarjeta de 65 sin errores.
Sucedió en Augusta y en Congressional, donde ganó el U.S. Open. Cuando Rory empieza a acelerar nadie es capaz de seguirle. Sus golpes pasan a ser de una precisión milimétrica y su estrategia en el campo es la de siempre: a bandera. El conjunto en armonía es casi un insulto para el resto de profesionales por su descaro, su derroche de talento. No hemos podido ver la cara de Grégory Havret mientras observaba entrar la bola que Rory había enviado desde el bunker en el hoyo 18, pero nos la imaginamos perfectamente: incredulidad. También la hemos visto otras veces.











