
Atlanta Athletic Club, jornada final del PGA Championship. Si uno miraba la clasificación el domingo no podía hacer menos que asombrarse. Un elenco de jugadores desconocidos para la mayoría luchaban por la victoria. No estaba Rory McIlroy, ni Westwood, Kaymer o Mickelson, ni siquiera estaba Tiger. Pero mucho más sorprendente que la ausencia de favoritos fue que estos jugadores, apodados como “la clase media” y cada uno con su propia historia en la mochila, nos ofrecieron un espectáculo fuera de lo habitual, incluso tratándose de un gran torneo, y la mayor parte de la culpa la tuvo Keegan Bradley.
Eran aproximadamente dos metros los que tenía que hacer volar su bola en el par 3 del hoyo 15. Su golpe a bandera había terminado cerca de green pero hundida en la resistente bermunda. La idea era sencilla: pasar el wedge por debajo de la bola y ver como rodaba suave y velozmente hasta el hoyo. Este tipo de hierba es traicionera en estas situaciones y el resultado final nada tuvo que ver con lo que Keegan había imaginado. Nada que ver.









