
Si alguien que no sabe absolutamente nada de golf nos pregunta: “¿en qué consiste?” Estoy seguro que todas las respuestas tendrían, en algún momento, una afirmación del tipo: “hacer menos golpes que el resto”. Es básicamente la esencia de este deporte, llegar en la menor cantidad posible de golpes al hoyo y embocar. Los circuitos de golf profesionales respetan esta premisa y nosotros, al jugarnos unas bebidas con los compañeros de partido el fin de semana, nos basamos en la misma.
El golf amateur no puede equiparse al golf profesional porque los que somos aficionados no hacemos el mismo número de golpes, en ocasiones hacemos muchos más. Es el proceso lógico de evolución en un jugador, para llegar a hacer pocas primero hay que hacer muchas. Es en este punto donde el sistema de puntuación Stableford cobra forma y sentido y premia la capacidad de superación del jugador aficionado, valora los riesgos tomados y para qué negarlo, hace posible que muchos torneos se jueguen en una cantidad de horas aceptable. Pero todas estas ventajas que ofrece este sistema se ven completamente desvirtuadas cuando se olvida por completo la premisa básica, “hacer menos golpes que el resto”, y es justamente lo que me sucedió en un torneo organizado por Gambito en el gaditano recorrido de Costa Ballena.



