
Sucede en todas las disciplinas deportivas. Un jugador, en su mejor momento de forma, consigue alcanzar las cotas más altas de su carrera. En el golf su swing fluye a través de la bola y los putts dejan de ir bien tirados, para, simplemente entrar en el agujero. Su juego evoluciona hasta un momento en el que, aparentemente, nada puede funcionar mejor y se alcanza la cima del Everest. Mantenerse a un nivel tan alto está al alcance de muy pocos y las horas en la cancha de prácticas, los hoyos jugados, las ganas de ser mejor, a veces no son suficientes.
¿Cuánto éxito son capaces de aceptar? Sus casos se repiten cada poco y algunos de ellos llegan a acaparar titulares. Otros, sin embargo, caen en el más profundo olvido. Se trata de lesiones invisibles, en las que nada en particular empieza a fallar. Los psicólogos deportivos han aparecido como la cura en este tipo de situaciones pero echando la vista atrás, podemos ver que no siempre se obtienen buenos resultados.



