
Si esta Presidents Cup se hubiera jugado como la mayoría de torneos regulares probablemente se hubiera planteado hasta su existencia. El equipo estadounidense ganó por una razón muy clara: presentaba jugadores en mejor estado de forma. Bubba Watson, Webb Simpson, Jim Furyk o Phil Mickelson presentaron sus credenciales habituales, los mismos que llevan mostrando durante esta temporada, para conseguir los puntos necesarios para la victoria. Sin embargo los acontecimientos no se sucedieron de una forma tan clara y aplastante. Pudimos ver golpes a bandera que terminaban entrando, putts que bailaban por los greenes de un portentoso Royal Melbourne y emoción, mucha emoción.
La culpa de un desarrollo tan improvisado de los argumentos de uno y otro equipo la tiene el match-play; el único método de juego capaz de hacer resucitar a un jugador en baja forma y hacerle mover el palo como en sus mejores momentos. En una ronda habitual, el golf enfrenta al jugador consigo mismo en un escenario de calma y silencio, pero en un cara a cara todo alrededor se agita y no es sólo el campo quien exige tu mejor golpe, sino otra persona en tu misma situación. Ninguna de estas sensaciones es desconocida para una persona aficionada a este deporte, y sin embargo, las ocasiones que se puede disfrutar de este formato se cuentan con los dedos de una mano a lo largo de todo un año.








