
Desde Mark O’Meara, pasando por Tom Lehman, David Duval, Phil Mickelson, Jim Furyk y terminando en Dustin Johnson. Los jugadores que han acompañado a Tiger tanto en Ryder Cups como en Presidents Cups son más que considerables, y salvo en ocasiones puntuales, nunca se ha encontrado la fórmula mágica. El objetivo era claro: conseguir una pareja que compensara los defectos que pudiera tener Woods ese día a la perfección, y que se impregnara del talento del mejor jugador del mundo. Buscar una máquina de hacer birdies, recuperar golpes y, sobre todo, atemorizar a cualquier rival que osara enfrentarles. Un estandarte y símbolo del equipo, al más puro estilo Olazábal – Ballesteros.
Durante la Presidents Cup disputada esta semana y que para variar volvió a ganar Estados Unidos, la figura de Tiger ha vuelto a cobrar ese áurea de importancia. Greg Norman encontró una posible fisura y no dudó en intentar filtrar ataques a través de un jugador en mejor forma, Keegan Bradley, y siempre que pudo emparejó a Adam Scott y a su ahora inseparable escudero con el americano. La estrategia era desestabilizar a un equipo que llegaba en mejores condiciones y distraerle de lo verdaderamente importante, que una vez más, se trataba de jugar al golf. A juzgar por los resultados de Woods se podría decir que hasta funcionó. Un balance de tres derrotas y dos victorias son un resultado bastante pobre, aunque consiguiera el punto definitivo para que su equipo se llevara la victoria.











