No será esto una crónica sobre el paseo de Arron Oberholser en la última jornada del AT&T Pebble Beach National Pro-Am. Para eso podemos ir, por ejemplo, a la sección de golf del diario Marca, o si se está un poco ducho con el inglés, a la crónica oficial del PGA Tour.
De lo que nos hacemos eco es de una reflexión aparecida en el San Francisco Chronicle sobre lo mal que lo han pasado los grandes bombarderos del tour en el campo californiano. El rey del driver, Bubba Watson, no pasó el corte, Hank Kuehene tampoco lo consiguió (y éste por siete golpes) y Mickelson o Singh nunca han estado en la pelea.
En cambio los que han sido los tres protagonistas del torneo, no destacan precisamente por su pegada. Arron Oberholser acabó el año pasado el 145 en distancia con el driver, MIke Weir el 158 y Luke Donald el 135.
Y no es que Pebble Beach sea un campo corto, pero a lo mejor es que los oficiales se han ocupado de conseguir una preaparación del recorrido para que la distancia desde el tee no sea el arma determinante. Para muestra, la anécdota del torneo protagonizada por Phil Mickelson.
Cuando el mago zurdo estaba en plena carga en la joranda del Sábado, pegó un magnífico driver en la salida del 16, de más de 320 metros y al centro de la calle. Pero la sorpresa llegó cuando Mickelson descubrió su bola detras de un alto ciprés que le bloqueaba el segundo tiro. El jugador americano no se lo podía creer: “Pegué un driver perfecto en el 16,” decía, “y mi libro de yardas estaba actualizado a 21 de diciembre. Pusieron un árbol allí desde esa fecha, y yo estaba justo detrás de él.”
De acuerdo a fuentes de Pebble Beach, el árbol había sido trasplantado a ese lugar en Mayo. De todas maneras, eso le pasa por pegarle tan duro a la bola sin mirar primero a la calle. Como comentan en el citado periódico: “debió ser vigía del Titanic en su vida anterior.”
Vía | SFGate.com

