
Dicen que a partir de los cuarenta años el rendimiento de un jugador profesional empieza a bajar paulatinamente. Los músculos ya no responden siempre a las mismas órdenes, los viajes son un poco más largos y no existe tanta ambición como cuando se cumplían los treinta. Llevar una vida más tranquila y pasar tiempo con la familia son costumbres más habituales. Casi la totalidad de jugadores de élite bajan su rendimiento a partir de esa edad, en el que unos años sin apenas respirar dejan paso a un calendario controlado: es el blues del jugador de golf. Ernie Els, Vijay Singh o Retief Goosen son algunos ejemplos recientes.
Hay excepciones. Hay jugadores que son capaces de mantenerse competitivos, luchando contra el tiempo y las normas. Cumplen el mito de que los viejos rockeros nunca mueren e incluso son capaces de, en un pico de rendimiento, ganar como nunca lo habían hecho. Jack Nicklaus ganó el Torneo de los Maestros, su último Masters, a la edad de 46 años. Darren Clarke decidió hace unos meses que era demasiado pronto para retirarse y terminó una semana de verano en Royal Saint George’s besando la jarra de clarete. Hay excepciones a la regla, y luego está Miguel Ángel Jiménez.









